sábado 26 de abril de 2008

SAD SONGS (SAY SO MUCH)







"Aunque éste sea el último dolor que ella me causa,

y éstos sean los últimos versos que yo le escribo."

OLVIDAR

Y es que hoy estaba hablando con Porthos de lo mal que se me da eso de olvidar. No hablo de olvidar nombres o títulos, que todo el mundo sabe que para mí la pintura románica española como si no entrara. (Pequeña pulla frustrada relativa a examenes)
Me refiero a olvidar sentimientos, a olvidar sensaciones. A olvidar personas. A olvidar amor, a olvidar odio. A borrar el rencor y el amor y la amistad perdida. Y es que se me da demasiado mal. No es que de buena de en tonta, que va a ser que no, es que de tonta doy en tonta y no olvido. Los dioses me regalaron una memoria de elefante (y en estos momentos, unas cartucheras de elefante también ;-) ) y las cosas se quedan demasiado tiempo en mi cabeza.
Pero he encontrado el método para conseguir olvidarme de todo.

Un día un personaje, llamémosle X, decidió que llegado un cierto punto de mierda en su vida, tenía que olvidar. Comenzó por la parte más obvia, la académica. Cogió sus apuntes, sus libros y cuadernos, los bolis y carpetas y los tiró todos a una gran hoguera. Al pensar en la amistad, cogió todos los regalos de los falsos amigos, todas las hojas de direcciones, agendas, teléfono y ordenador y con ellos a la gran hoguera. Al pensar en el amor, tiró todos sus libros, todos a la hoguera. Todos los que tenían una bonita historia, todos los que leyó por enamorar a alguien, todos los que arrancaban sentimientos. A la hoguera. Después arrancó el espejo de la pared, ese donde se miraba antes de salir con sus amantes, y a la hoguera también. Tiró a la hoguera todos los cosméticos con los que se arreglaba. Tiró la ducha donde soñaba con ellos. Tiró el colchón que ellos probaron. Tiró la ropa con la que les provocaba. Tiró los cuadros donde les buscaba. Tiró las lámparas que iluminaban sus cuerpos.
Y fue al armario. Y cogió uno a uno los pares de zapatos. Y cada uno le traía un recuerdo que le hacía tirarlos a la hoguera. Finalmente, cuando en el cuarto solo quedaba una enorme hoguera crepitante, respiró y se dio cuenta de lo que le faltaba. Sólo podría dejar de recordar si no pensaba. Pienso, luego recuerdo. Y con una gran inspiración, saltó a la hoguera. Más que por bruja, por recordona. Y mientras caía recordaba su vida.

Bueno, esto ha sido excesivo, creo. Desde luego que me tiraría yo a la hoguera, ¡pero a mis zapatos no! Yo sigo más la ley del cubata, plasmada en el blog de Spes. ¿No ayudaba a olvidar?

martes 22 de abril de 2008

TENERSE LOS UNOS A LOS OTROS

Qué gracia me hace, que penita me da. Para poneros en situación, habéis de saber que últimamente nuestra (de Spes, Platerita y mía) obra video-musical de arte postmoderno ha recibido malas críticas. Bueno, en realidad no. Yo me he quedado con que los estribillos son buenos, pero nosotras somos patéticas, ridículas, unas payasas, que Platera es “Casper” y una guarra; Spes es un “brécol” o algo así porque esa palabra, con una tilde tan complicada, no deben haberla puesto; y yo, modestamente la “vandera”, soy una “butifarra” “embutida en cuero rojo”. Y que “ni siquiera nos tenemos las unas a las otras”.

Pero eso sí, el trabajo debió ser cojonudo, porque aún no he oído una crítica que no vaya a nosotras.

Para empezar, habéis de saber que por si se metiera alguno de nuestros admiradores, esta entrada la voy a escribir en un idioma que entiendan. Eso me haría obviar el castellano. Perdón, pasar a saco del castellano. Así pues lo voy a simplificar (poner más fácil) para que no haya quejas.

Pues bien, sin darme cuenta, nos hemos convertido (vuelto) [en] una especie de canción de “El Canto del Loco” en la que los amigos se “tienen los unos a los otros”. Para empezar voy a analizar (ver de qué va) la expresión (eso) de tenerse los unos a los otros. De lo que se de nuestros admiradores, que dado el interés (lo que me importa), es poco, tenerse los unos a los otros es tener siempre a alguna amiga dispuesta (que quiere) [a] robarte el novio, dispuesta a ponerte a parir, y dispuesta a grabarte cuando estás borracha haciendo la puta, ¿no? Vamos, si lo he entendido bien.
Pues no, no nos “tenemos las unas a las otras”. Yo tengo un grupo de compañeras dispuestas (que quieren) [a] respetar (esa no la ibais a entender, o sea que seguid leyendo sin tenerlo en cuenta) a los tíos con los que salga; dispuesta a defenderme (no, esta tampoco) ante las críticas o a criticarme (ponerme verde) a la cara (no como niñas) si actúo (hago algo) mal y a compartir (jope, tampoco va a haber suerte en esta) las borracheras y a reírnos todas juntas.
Y todo sin ser “amigas de la muerte”. Mirad que poco “ideal”.

Pues yo digo que se pueden meter su gregarismo (mucha gente junta) por donde más gusto les dé ¿A que esa sí está entendida? Después de tantos años ya no busco aceptación (molar), ni éxito amoroso (ser una golfa) ni quemar mi vida con un montón de idiotas dispuestos (que quieren) [a] meterla doblada a la primera de cambio. Ya solo busco tranquilidad (dejarme en paz) y, dado el caso, que alguien sea suficientemente (o sea, un poco) valiente (con huevos) como para decirme las cosas por su nombre (esta tampoco la ibais a entender).

domingo 20 de abril de 2008

Ya está. Lo dejo. Abandono. (EXAMENES)

Cuando un domingo a las 11 de la noche aún te queda por hacer, te duele la cabeza como si te dieran con una taladradora y las palabras más amables hasta el momento se las has dicho a la impresora porque atascó el papel, te empiezas a replantear si no será mejor irse a dormir y ya mañana me crucificarán y acabarán con este puto dolor de cabeza que no me deja concentrarme ni darme cuenta de cuantas palabras van por frase.

miércoles 16 de abril de 2008

PATRIA DE IDIOTAS

Estoy cabreada. Estoy hastiada. Me cansa infinitamente este país de indigentes culturales. De vulgarización llevada a la categoría de arte. De estupidez elevada a la categoría de ideal. Me cansa infinitamente tener que repetir las cosas. Me cansa infinitamente tener que aguantar como la gente responde “Porque sí” cuando preguntas por qué dicen algo. Me cansa infinitamente tener que aguantar como la gente me calca frases u opiniones de otros sitios sin razonarlas y después intentan debatir conmigo.

Pero me estoy adelantando muchísimo. La idea de este post me vino hace apenas dos semanas cuando me fui a buscar un par de títulos más para la saga de Aubrey-Maturin de Patrick O’Brian. Cuando llegue al apartado de novela histórica, me encontré con exactamente los mismos títulos que dejé en la tienda hace tres años cuando compré los primeros. No pasa nada. Fui a preguntarle al servil dependiente que me dijo que no había más, que podía encargarlos pero que no podía asegurar cuanto tardarían y que la última compra allí la hizo alguien hacía tres años. Pero que me recomendaba el nuevo libro de Boris Izaguirre que es best-seller y ganó no se que mierda de premio.
Y sin querer, me cabreé. No alcanzaba a entender como yo soy la única cliente de libros como los de O´Brian, pero sin embargo Boris Izaguirre es un puto best-seller y ha ganado un puto premio.

Después oyes hablar de arquitectos que construyen puentes que se caen, de fiscales que no son capaces de recordar todos los agravantes para un caso, de crisis económicas, de corrupciones fiscales, de abogados que entran en bufetes para hacer cafés y después son los que llevan tu caso. Después pienso que de mi entorno, habrá ingenieros, jueces, arquitectos, abogados. Habrá gente que construirá edificios en los que vivan o trabajen personas, levantarán puentes por los que miles de personas pasarán, defenderán la vida de personas y juzgarán lo que esté mal o esté bien. Gente que apenas piensa más allá de lo que van a hacer este fin de semana construirá mi casa, me defenderá o juzgará en un juicio o construirá las infraestructuras por las que circule yo o mi familia a diario. Gente que me ha ninguneado por leer un libro sin dibujos o por no tener acento de Vallecas cuando hablo inglés o por saber quién es Nelson van a trabajar codo con codo conmigo. Puede que esa gente algún día se atreva a decirme lo que tengo que hacer.

Y es que estoy hasta las narices del indigentismo. Esa palabra, de creación propia, define a la pobre y miserable España. Un país de gente sin interés, sin cultura, sin inquietudes. Un país de gente que lee a Boris Izaguirre pero tiene el María Moliner calzando el sofá del salón. Sé que tengo la autoestima alta, me la sube este país de idiotas, este país de Ministras de Educación que no saben latín, de niñatas que piensan más el modelito que sacarse un examen. Este país de imbéciles en miniatura que gritan “¡Viva Franco!” y apenas saben quién era. De ideales chapurreados sacados de una revista, de gente que prefiere leer el Marca que a Quevedo. España está en sequía. En sequía de ideas, en sequía de mentes que la levanten, en sequía de gente que trabaje por ella.
El indigentismo es la ley del “como no soy tan inteligente como tú, se tú tan idiota como yo”. Es ahogar las mentes sabias por envidia. Es intentar frustrar las buenas ideas por la frustración que causa no saber tenerlas. Es ningunear a alguien porque se niega a ser tan estúpido como para seguirte la corriente.
El indigentismo es olvidar la educación. Es que cualquier cosa vale, menos lo que debería valer. Es comer con la boca abierta, hablar con la boca llena, gritar en medio de un sitio público porque sabes que lo que puedas decir nunca será tan importante como lo que tienen que decir los que no tienen por qué gritar. Es volver al mono, y creer que poniéndote agresivo vas a llegar a alguna parte. Es decir que aquellos que te superan lo hacen porque les tienen “enchufe”. Es pensar que por llevar la falda más corta se te va a escuchar más.

Esto es una afrenta clara. De aquí en adelante solo espero que está mísera España tenga algún adversario decente para mi ataque. No pienso consentir que nos dominen los necios. Si no eres capaz de seguir una conversación, no interrumpas. Si no eres capaz de entender lo que alguien te dice, no uses la fuerza. Reforzará tu estupidez. Si no eres capa de entender lo que estás diciendo, no lo digas.

Si no eres capaz de llegar a un argumento con el que rebatirme, admite que tengo la razón.

sábado 12 de abril de 2008

LAS MENTIRAS Y LAS PALABRAS

Siempre que me pongo ante el ordenador y mis dedos se extienden sobre el teclado, mi mente se llena de pájaros. No solo me pasa a mí. Narrar es mentir. Admito, con el corazón en un puño, que gran parte de lo que os he contado en este año y pico son trolas. Soy una trolera. Soy escritora. Hasta la verdad, cuando está escrita, tiene ese tinte sensual de lo oculto, de lo misterioso. Todos nos hacemos valientes ante una hoja de papel. Nuestra vida es más bonita escrita. Las metáforas hacen que los fracasos no sean tan fracasos, y que los éxitos sean más exitosos. Hacen que un “hola, ¿Qué tal?” balbuceado sea un “nuestros ojos se cruzaron y saltaron chispas”, que una noche loca dure “las cuatro estaciones” y que un matrimonio sea “y fueron felices y comieron perdices”. Las pelis meten música bonita cuando en la vida real te encuentras con el tio que te mola de resaca, en chándal y comprando el pan. Para Disney no existían las palabras divorcio, repudio o, ya que estamos, feudalismo. Porque todos los campesinos cantan y están contentísimos en las pelis de Disney.
No, pero lo que me mata es lo infladísima que está la palabra amor en todo documento escrito o grabado. Es que nos tiran al mundo dando por supuesto que un día paseando por la calle nos vamos a encontrar al príncipe azul. Va a sonar una canción preciosa con pianos o violines al más puro estilo Madama Butterfly y eso, a vivir felices para siempre. Cuando nos damos cuenta de que no es así, una canción nos enseña a “ponernos tiritas en el corazón” y un libro o una peli nos cuenta que a Fulanito le dejó la novia y salió a la calle a por el periódico y conoció a la mujer de su vida con la que tuvo sexo tántrico en el ascensor. Y otra vez todos a la calle como gilipollas. De hecho estamos en la época en la que eso, todos nos pasamos la vida en la calle como si fuéramos palomas migratorias, cosa que está un poco más jodido teniendo en cuenta que están cayendo chuzos de punta, porque “la primavera la sangre altera”. Los dichos, no se si los he mencionado, son también una capullada. Me parece muy bien que cuando el grajo vuele bajo haga un frío del carajo, pero honestamente, no he visto un grajo en la puta vida, y de haberlo visto, como soy de la LOGSE, tampoco sabría reconocerlo.
Y los adultos se quejan, volviendo al tema de las bandas sonoras, de que los jóvenes estamos pegados al ipod todo el día. ¿Qué queréis? Si no hay un cuarteto de cuerda siguiéndome por la calle ya me lo pongo yo. No, esto es serio, fijaos lo imbeciles que parecemos todos cuando estamos pegados al ipod. Pensamos que como no oímos nada, tampoco se nos ve ni se nos oye. O lo que es peor, que todo el mundo oye también la música. Pero me estoy yendo muchísimo del tema, ¿a que sí?
A ver, estaba hablando de las trolas. Me parece que enlaza muy bien la literatura erótica aquí. Más que nada porque he levantado la mirada y he visto amor y sexo tántrico en el mismo párrafo. Bueno, quien dice literatura, también valen las canciones. El cine ya no, ¿ves?, porque eso sería meterse en el farragoso terreno del porno. El caso es que tu lees u oyes esas palabras como mantas, besos, cuarto, suspirar, morder, “quitarse los miedos”; esas palabras que ponen el sexo como una especie de orgía gastronómica en el Salón del Descanso del Corte Inglés, mezclado con que tu hermano pequeño ha tenido una pesadilla, y, como el ser humano no tiende a símiles tan extraños como el que acabo de poner, que se me ha bajado el morbo a los pies hasta a mí, pues te lo crees. Y el tío (o genera) adquiere un aura de poder y luz calentorra que hace que te cuelgues, inevitable. Y puede ser un saltamontes o haber encogido en la lavadora (no son metáforas entendibles, por si alguien lo intenta), que se te cae el mundo a los pies cada vez que le volvéis a leer o a oír. Quien dice mundo dice…
Y la razón de esta entrada es una muy simple. Estemos en el mundo por lo que estemos, que no me voy a poner trascendental a estas alturas de mi vida, sin duda un regalo de los dioses antes de tirarnos aquí fue la mentira. Como el padre que te regala una revista inmobiliaria a lo indirecta. Los hay más duchos, los hay menos. (Duchos= versados, entendidos, que se les da bien; no guarda relación directa de significado con la palabra ducha. Para los que tampoco saben reconocer un grajo) Mentimos para que la vida sea más sencilla. O más compleja. O simplemente para que parezca que estamos aquí por algo. Todos somos actores y la trama a veces la escribimos nosotros también ¿Quién no le ha mentido a su diario? Vale, ya habéis dicho que nunca. Ahora en serio. ¿Cuántas veces habremos dicho lo de: no, si a mi le chocolate no me gusta? Troleros. Que somos todos unos troleros. Y después culpamos a los actores de cine, escritores y cantantes porque nos mienten. Y no nos damos cuenta de que mentimos nosotros también al decir que les creíamos.

JE CROIS ENTENDRE ENCORE

Y acordarme mientras debería hacer Filosofía de tí, y de que no te olvido. Y que aún creo escuchar escondida bajo las palmeras tu voz, tierna y sonora...

viernes 11 de abril de 2008

ME GUSTAS

Me gustas. De hecho, me encantas. De hecho, te quiero. Me gusta que seas apasionado y no tengas reparo en meter mano, aun con una sonrisa. También me gusta que seas tierno, y que siempre sepas cuando llegó la hora de dejar de bromear. Me gusta tu voz, tan grave, que me eriza el pelo cuando susurras. Que casi se rompe.
Me gusta que siempre parezcas perdido, porque eso hace que siempre parezcas sincero. Me gusta oírte hablar, me gusta lo que dices. Me gusta sentirme identificada con cada palabra, y sin levantar la vista saber que me estás mirando. Me encanta oír tus halagos, dulces a veces, brutos otras. Pero lo que más me gusta es que siempre pareces saber cuando necesito uno dulce y cuando necesito uno bruto.
Me gustan tus manos, ni suaves de damisela ni ásperas de labrador, sino en su punto justo. En ese punto que hace que se me prenda el cuerpo. Y que mi boca suspire.
Me gusta como te importa todo lo que me pasa, y como te preocupas. Me gusta que vengas a preguntarme, y que me hagas sentir importante. Me gusta que, al estar contigo, me siento cómoda y poderosa a la vez. Me siento como una reina, una reina que ha encontrado a su compañero.
Me gustan tus ojos, dulces, tristes, tiernos, expresivos, fogosos, amantes. Me gusta cuando me miras furtivamente. Me gusta cuando tu mirada se detiene. Me gusta como se vuelven de fieros cuando crees que me va a pasar algo. Y como te embruteces, como un animal, para protegerme. Y como me sostienes, duro y delicado, cuando ves que voy a saltar.
Me gusta como besas, tan distinto a los otros. Como donde en los otros hay solo labios, en los tuyos hay amor, pasión. Y devoción. Y cariño. Y soledad. Soledad acompañada, y pasión tranquila y unos besos impasibles pero manejables.
Y te quiero. Y me encantas. Y me gustas.
¿Quieres saber lo único que no me gusta de ti? Que aún no me has encontrado.

miércoles 9 de abril de 2008

RECUERDOS II

Es que hablar con Pebbles me trae tantos recuerdos que le voy a dedicar una entrada entera a todas nuestras felicidades. Esta probablemente va a ser la entrada más extraña, desmitificadora, y entrañable que he escrito nunca. Después de casi cinco años, nos ha dado tiempo a acumular una buena cantidad de ellas.
Aún me acuerdo de aquella noche, paseando en Puerta del Sur, buscando a las 11 de la noche, a unos 5 grados una cafetería con máquina expendedora, hablando de la estupidez del ser humano, pelándonos del frío pero sin ganas de ir a casa y decirnos adiós. Aún me acuerdo de aquel capuchino de sobre, mal sentadas en una tumbona en el jardín, en pijama, obvio, en silencio y dejando que pasara el tiempo. El capuchino sabía a mierda, pero el momento, primero de muchos, fue único.
Aún me acuerdo, como no, de cierta noche de piñas coladas que acabamos a tubitos de cubata, devorando con saña una pizza en la recena, y mentándonos la madre de cada uno que pasara. Que si uno es maricón y que si otro divorciado y que si esa tia es tan falsa que me dan ganas de potar. Tragándonos “El club de la lucha”, por enésima vez, y repitiendo, como siempre, la frase “esto es filosofía de la buena, tronca”. Y cortando de cuajo para hablar de Shakespeare. Y volviendo a mentarnos la madre del maricón que regresaba.
Aún me acuerdo del Hawaiano. Llamando por el nombre de pila al camarero y deshuevándonos por los chupitos exóticos. Que sea rosa no significa que sepa bien, ¿no? Y moda, gente, sociedad, filosofía, noche, chupitos… Todo en una conversación. Y tú riéndote porque se me escapó un zapato y le dio a uno en la cabeza. Y yo riéndome porque te encontraste un jersey en la parada de metro. Y cuando nos empezó a llover, y corríamos, de parada de bus en parada de bus.
Aún me acuerdo de la habitación de Roma. Que el suelo crujía y la cama estaba demasiado blanda y la almohada demasiado dura. Y el mosaico del suelo del baño era un suplicio cuando hacía frío, porque se nos congelaban los pies. Y perdiste la cadena del baño. Y nos escapamos a buscar a Marco y a Stephano al Hard Rock, y nos acabó invitando la eriza que te empujaba.
Aún me acuerdo de cierto Año Nuevo, comiendo en casa de Sito, y como te reías con Alberto el de las Nike, que cuando veía a su padre hacía AHHHHH. Y contándonos batallitas, y acabando entre las dos camas de mi cuarto, incómodas de cojones, a punto de meternos una hostia entre las dos camas de recordar. Y yo jurando dejar de fumar mientras me encendía un piti. Y tu cagándote en el mundo.
Aún me acuerdo de París, cuando cogíamos el portante y nos pirabamos a la brasserie de enfrente, a probar toda la carta de cócteles con el camarero fondón. Y las peleas de almohadas que hacían que los vecinos vinieran a echarnos la peta.
Y las risas en clase, ¿qué me dices de eso?, que toda excusa es buena para echarse unas buenas risas, que eres la mejor cura para el mal humor. ¿Que algo es malo? Pues a la mierda con ello. ¿Qué algo es bueno? Tú la Coca Cola y yo el ron y sólo nos queda cuando celebrarlo. Y echarnos unos bailes de salsa en Gaviria, o donde sea hasta que pague impuestos, espantando a los carcamales. ¿Te apuntas?

martes 8 de abril de 2008

RECUERDOS

¿Qué son los recuerdos? Los recuerdos son lo que queda detrás, todo ese poquito de realidad que es nuestra. Que hemos transformado para que, cuando hace frío por la noche, unos brazos nos vuelvan a abrazar, o nos vuelvan a decir "te quiero" o el niño que llevamos dentro se vuelva a alegrar por chapotear en un charco.
Hay distintos tipos de recuerdos, como decía Eduardo Mendoza.
Estan los que son felices en su momento, pero después se tiñen de tristeza. Esos que nos demuestran que la felicidad es pasajera y que nos ponen a prueba, a ver si somos capaces de afrontar nuestros propios cambios, nuestros nuevos puntos de vista. Esos que no te llevan a la felicidad permanente, por mucho que te hubiera gustado.
Después están los que en su momento no dicen nada, ni son nada, pero después se cubren con un manto de felicidad nostálgica. O de felicidad a secas, que no entiendo por qué una palabra tan bonita como felicidad tiene que llevar apellido. Estos nos enseñan, a la larga, que la felicidad se malgasta. Que puede haber más felicidad en una conversación que en un beso, en un momento de soledad (que no de sentirse solo) que en estar rodeado de gente. Nos damos cuenta tarde de que hemos sido felices, a nuestra manera.
Lo malo de todo esto es que ni yo os puedo decir lo que es la felicidad. Debe de ser eso que te oprime el pecho y te da ganas de reír o de llorar, o eso que te hace decir que te lo has pasado bien. Debe ser la sensación de satisfacción. O la morriña, por todas las cosas que te hicieron feliz.
Os preguntaréis por qué hoy toca hablar de recuerdos y de felicidad. Porque me he dado cuenta de que he sido feliz, a mi manera, y que las cosas que harían felices a los demás no me han causado más alegría que muchas otras. Y porque pienso seguir siéndolo.

jueves 3 de abril de 2008

NUNCA OS HABÉIS SENTIDO COMO SI…


Pues sí, parece ser que, con tristeza, ya he comprendido lo que pasa hoy en día. Cuando una sociedad alcanza el estado de bienestar, en el que todos somos iguales de respetables y de válidos, ser así de iguales pierde el encanto. Siempre ha habido clases, que dice un amigo.
El caso es que la nueva aristocracia consiste en ser distinto al resto. Ser normal ya no es una opción. Hay que destacar en lo que sea y por lo que sea, da igual si es por uno mismo o fingiendo. Hay que ocultar tu vida porque es demasiado normal. Hay que hacer el cabra para destacar del resto.
Pero no os penséis que solo hablo de la juventud, qué va. Personas hechas y derechas también parecen haberse contagiado. Todo lo que sea normal da asco y es no vivir la vida. Siempre aparece el gilipollas de turno que dice: “Qué aburrido, carpe diem”. Pues lo lamento por la clase de cultura clásica, pero carpe diem no es ser distinto para ser más y mejor. Carpe diem es aprovechar cada minuto hasta que esto te lleve a la felicidad. La felicidad no se consigue solo haciendo lo contrario al resto. De hecho, y lo siento una vez más, hacer aposta lo contrario al resto te acerca más al ganado de lo que se piensan muchos. Todos hacen lo contrario a lo que dicta, eh, ¿cómo era? “esta mierda de sociedad” (frase perteneciente a una canción del Canto del Loco que ha tenido más chicha que todos los tópicos literarios juntos).
El caso es que hoy en dia ser una persona normal, con ideales normales, con ambiciones normales; ser una persona sana, que trabaja en su futuro y su presente; ser una persona que quiere a su familia y a sus amigos y lo demuestra y educada con la gente de alrededor es lo raro. Lo normal es hacerte rebelde sin causa o navajero del metro para vivir peligrosamente, llegar a los 23 años con la ESO pendiente y ser un mierda toda tu vida como símbolo de la represión a la que te ves sometido por la, eh, ¿Cómo era?, “mierda de sociedad”.
¿Nunca os habéis sentido como si os faltara el aire? ¿Cómo si no notarais un suelo hacia el que crecer bajo vuestros pies? ¿Cómo si sintierais la necesidad de un sol que os alimente? Hoy por fin lo he comprendido, y me entristece. Hoy he comprendido que estoy sola en mi felicidad conmigo misma. La necesidad de fingir es como un invernadero que nos roba el aire y tapa nuestra belleza, y el intentar ser distintos nos aprisiona, nos deforma y nos impide crecer para ser nosotros.
Hoy me he sentido como se deben sentir las flores que crecen fuera de la tierra. ¿Nunca os habéis sentido así de arrancados?