Hay un subtipo en los gimnasios que parece que quieren justificar haber pagado la cuota. Son esos personajillos que van, pasean, fichan (o son fichados), pero que de deporte no hacen ni el huevo. Dentro de éstos, los dos grupos que más gracia me hacen son:
Los púberes. Jovencísimos efebos de pubertad notable que van a ver si por transmisión de bacterias les crecen los bíceps. Pongamos un ejemplo con mi amigo El Granos. El Granos es un pesado que se pasa el día en el gimnasio y no hace nada a no ser que la tía que ha fichado lo haga. Le he llegado a ver en clases de aero-dance. Éstos sujetos tienden a estar apuntados a algún tipo de entrenamiento personal, que siguen rigurosamente una vez por semana. El resto de tiempo que pasan en el gimnasio es injustificable.
Los paseantes de la farándula. Mi gimnasio está sujeto a unas condiciones que hacen que acudir sea más agradable, pero también que pierdas la fe en la humanidad. Estas condiciones son los famosillos. Los famosillos van al gimnasio porque está de moda ir al gimnasio. Sí, repito VAN porque está de moda IR. Nadie dijo nada de hacer deporte. Sudar no es fashion. La ropa de deporte cómoda no es cool, y la cool imposibilita hacer deporte. Adivinad qué se ponen (la cabra tira pa’l monte).
Según el código penal, citar nombres sería considerado como un fallo injurioso, o sea que os tendréis que morder las uñas de la curiosidad por saber quién es quién. Lo siento. El famosillo X se apuntó al gimnasio porque tenía que estar en forma para presentar un programa que requería resistencia física (os estoy dando muchas pistas) y (como todos los paseantes) contrató un entrenamiento personal. Ahora que ha vuelto del programa, después de meses, ha decidido retomar la sana costumbre de IR al gimnasio para, bueno, para estar allí. No pierde ripio de cada una de las tías que llega.
El famosillo Y decidió empezar a dar clases (que no impartir) de paddle. El paddle es cool. Se lleva, es pijo y no hace falta moverse. Gracias a Peter que a ese no le veo.
El famosillo Z hizo que fuera posible un caso que parecía imposible. Fue un día, y por un día éramos las féminas las que contemplábamos al efebo. El efebo decidió que el pasillo de la sala de máquinas era demasiado largo como para pateárselo tantas veces y, snif, nunca volvió.
Hoy he visto lo impensable con el famosillo M. Ha hecho una serie de mancuernas y el muy cabrón ¡ni se ha quitado las gafas! Ole sus narices. Ha venido, ha visto y ha paseado. Ha notado cómo las miradas le seguían y ha seguido a su rollo, con sus mancuernas de maruja, su rayita de sudor en la espalda y… sus gafas. Ole.
Y cómo pierden los muy cabrones cuando ves que tú tienes más resistencia que ellos.
jueves 8 de mayo de 2008
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3 comentarios:
Qué miedo :s
No pienso frecuentar un sitio de esos en mi vida :S Ay, Peter, qué mal anda el mundo...
Anikin, estoy pensando seriamente en retomar el gimnasio luego de un breve paréntesis de dos años. En relaidad voy seis meses, dejo un par de años y vuelvo a ir. Pena que me quede un poquitín lejos el tuyo, porque pinta divertidísimo! Saludos
¿Un gimnasio es un sitio de esos donde se suda y se agita muchísimo todo el mundo?
En mi familia había un dicho: Cuando te den ganas de hacer deporte, túmbate hasta que se te pasen.
Me temo que nunca encontraré talla para mi en las tiendas monas.
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