Es una sensación indescriptible, como el roce de dos cuchillas… cuerpo frente a cuerpo, la distancia disminuyendo lentamente. Avanzando paso a paso hacia un abrazo que sellará tu destino para siempre.
Cuanto más evidente se hace la cercanía, el calor de los cuerpos se junta, como preámbulo de la pasión que espera, siempre y nunca, en un extraño vuelo de incertidumbre.
Primero las manos, se juntan y entrelazan por los dedos como si no hubiera más que manos, y agarrarse, aferrándose mutuamente, apoyando la desesperación propia en la del otro, como si nada más importara.
Después, la sorpresa al ver lo bien que encaja el mentón, que ya no tiene razón para alzarse con orgullo, en su hombro, de lo predispuesto que está tu cuerpo pegarse al suyo y ceñirse con fuerza, con pasión, y de repente todo es pasión, y manos, y tu cabeza contra su hombro, y tus hombros contra su pecho. Sus brazos formando una prisión de caricias en la que tú eres sólo a medias culpable. Culpable por abandonarte a las caricias, y a sus tiernas palabras susurradas, que se pierden en el aire y se mezclan con el viento, y aún más alto, como si nada importara, como si nada estuviera dicho.
Pero él no se detiene. Sus manos, como su voz, susurran en un ciclo que nunca acaba, susurran con amor, obcecadas con una sensación que sólo tú conoces bien, esa sensación de inmensa soledad, marcada en la plenitud que transmiten sus labios, moldeando palabras que hacen que quieras fusionarte con sus manos, que susurran, inalterables.
Sus labios se detienen, y tu cabeza, siguiendo una danza tribal, primitiva, los busca. Ha llegado el momento en el que el aire deja de ser testigo, las palabras pasan de boca a boca, de ser a ser, de conciencia a conciencia. Ha llegado el momento de que se junte labio con labio, sellados con el calor de un soplete que es amor, y pasión, y que no es nada más que instinto. El instinto de dos almas que se sienten solas, el instinto de nuestros antepasados y de los que vinieron antes que ellos.
Y ya no hay dos seres, sólo uno que susurra palabras secretas, palabras que pasan por los labios unidos, por los dos corazones que bombean a la vez, marcando el ritmo del beso. Los ojos se cierran. La vista, las formas, los colores, la luz, los dicta el bombeo. Hueles su boca, sabiendo que nunca olvidarás ese olor, y sientes sus manos recorriendo tu espalda, y tus brazos, y tu pelo. Nunca hubieras pensado que el pelo podía sentir el calor de sus manos, o tal vez no lo haga, tal vez sea solo deseo, el deseo de sentir sus manos, de tocar su lengua, de los dos corazones que palpitan al compás. De dos dedos enredándose en los mechones de pelo, mientras tus labios tocan sus labios, Mientas tu mano se posa en su cara y hueles su boca. Finalmente sientes como su lengua acaricia la tuya, entrando en un contacto febril en el que solo hay deseo. “Te quiero”, de da por pensar, y solo lo piensas, porque sabes que así él te escucha.
Centras tu mente en el beso, y vienen imágenes de otros amantes, de otros encuentros. Sucesiones de malos recuerdos que se agolpan, de hombres que eran de otra, de hombres que no eran tuyos. De besos que nunca llegaste a dar, de besos que nunca deberías haber dado. Recuerdos que se cerraron en el momento en el que cerraste tu vida al abrir los labios suplicante, que rogaste un beso y que sus labios se fundieran con los tuyos, y que sus manos se juntaran con su cuerpo, que otros habían tocado, pero ninguno tan fuerte, ninguno llegando a ser tu misma.
El beso se separa, pero quedáis unidos para siempre. Muchos amantes vendrán, o tal vez ninguno, pero nunca olvidarás como murió la distancia, como apoyaste la cabeza en su hombro oliendo su perfume, su amor, su miedo. Como sus manos traspasaban el plano físico y tocaban tu alma. Nunca olvidarás sus palabras. Ni cuando finalmente se unieron los labios, y las lenguas, y las mentes, y los corazones, que latían a un tiempo.
Podrás olvidarlo todo, pero nunca olvidarás nada, porque buscarás en el olvido su rostro y ese trozo de alma que aquella vez fue tuyo. Porque es cuando la distancia se hace más grande, y no más pequeña, que sabes que le amas.